Ilustre, aunque anónimo. Carlos Gramaje, un protagonista de reconocido prestigio que sólo pretende ser actor.

 

 

 

 


 

A buen seguro no recuerdan su físico, pero sí sus personajes. Fue Said en “Mar i cel”; Sebastià Reynalds en “Flor de nit”; Aquiles en “La bella Helena”; el pirata rey de “Els pirates”; el doctor Valdemar en “Poe”; el gigoló “J” de “T'odio, amor meu”, y un largo etcétera que incluye el music hall en “Ikebana”, del Barcelona City Hall, de Gabriella Maffei.

Cruce de valenciano y sevillana, Gramaje ya hacía acrobacias a los cinco años. Sus primeros recuerdos sonoros tienen a su madre como referencia, una abogada laboralista que cantaba rancheras en casa. Y con estilo, dice.

Instalada la familia en Xàtiva, el amor le encaminó, a los 16 años, a las tablas. Hizo la carrera de música y la de arte dramático y estudió tres años de guitarra clásica, alternando todo ello con cualquier papel que le ofrecían, pues opina que la mejor escuela es la práctica. Inspirado en La Cubana, a quienes conoce, se lanza a la aventura con su propia compañía al teatro de calle. Y se van con una furgoneta que es a la vez habitáculo, medio de transporte y decorado (un barco).

Son obras épicas, de aventuras, tras las que regresa a Valencia, donde reinicia sus cursos de arte con Olga Poliakof y Vicente Genovés. No abandona el espíritu de lances y correrías, siempre con espíritu fantástico. Es el aprendiz de brujo y una suerte de Tarzán de Greystock, un elemento del carnaval de los animales o un épico Tirant lo Blanc.

A Gramaje le gusta trabajar fuerte, dominar la palabra, potenciar la capacidad de soprender. No conoce la ambición, pues con su trabajo sólo pretende “divertir, distraer, hacer soñar”. Y cuando no le sale trabajo de actor no se desmonta: da clases (se graduó en Pedagogía), hace doblaje, incluso de un juego de ordenador al que puso voz (seleccionado en Londres para ello), o trata de introducirse en el mundo de la música. O imparte clases de música a niños con síndrome de Down.

Rechazó una oferta para grabar al estilo de los “crooners” americanos y eligió ser Víctor Luna para cantar temas propios. Debutó en el ya mítico Llantiol con sus canciones: “Luz”, “Marta”, “Ansiedad”, “Bailando al viento”. Aunque su carrera al respecto la aparcó cuando llegó la oferta de Dagoll Dagom. Con una primera prueba de dos horas y otra de ocho se ganó el Said de “Mar i cel”, y de ahí el resto.


LA ANÉCDOTA

Los CDs de “Flor de nit” y “T'odio, amor meu” se pueden comprar en Nueva York (a 39,95 y 28,95 dólares, respectivamente), el tesoro actual de Carlos Gramaje es “Poetas de cerca”, el primer trabajo de Binomio. Catorce poemas de clásicos (Lorca, Neruda, Mistral, pessoa, Palau i Fabre...), que ha musicado e interpreta con Sheila Grados Iglesias y Miquel Fernández.


JOSEP SANDOVAL

La Vanguardia, 13/07/03

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Una de las cosas que debemos a Dagoll Dagom es que familiarizara al espectador español con la comedia musical. Inspirados en la tradición británica, no sólo replicaron éxitos sino que crearon espléndidos espectáculos a partir de ideas propias o adaptadas de textos nacionales. Ello comportó la incorporación a los escenarios de actores, entendiendo como tales a profesionales del medio que nunca han aspirado a ser estrellas, sino que su empeño se ha basado en trabajar el personaje, sea cual fuere, y entregarlo al espectador del mejor modo posible.

De toda una generación elegimos a Carlos Gramaje –nacido en Tetuán, y afincado entre Valencia y Barcelona–, que ha protagonizado varios de los éxitos de la innovadora compañía catalana.

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